Participar no alcanza: sobre los nuevos principios de participación juvenil en la ONU.
- Kairos Global

- hace 14 horas
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Hay algo que viene cambiando en los últimos años en el mundo de la cooperación internacional y la gobernanza global. La participación juvenil dejó de ser una consigna aspiracional para convertirse en un tema estructural. Ya no se trata solo de invitar jóvenes a los espacios, sino de preguntarse seriamente qué rol ocupan dentro de ellos.
En una reunión que mantuvimos poco tiempo atrás con Felipe Paullier, Director de la Oficina de Naciones Unidas para la Juventud, él mencionaba que desde el sistema de Naciones Unidas estaban trabajando en una serie de documentos para ordenar y profundizar este debate. Entre ellos, los hoy publicados Core Principles for Meaningful Youth Participation. En ese momento, la idea era clara: hacía falta pasar de la narrativa a la práctica. Hoy, ese esfuerzo empieza a tomar forma concreta.
El documento propone algo que, leído rápidamente, puede parecer obvio, pero que en la práctica es profundamente desafiante: que la participación juvenil sea significativa. Y eso implica mucho más que presencia. Implica incidencia.
Los principios comienzan por ubicar la participación en un marco de derechos. Esto no es menor. Significa dejar de pensar la participación como una concesión —algo que se “otorga”— para entenderla como parte de las obligaciones que tienen los sistemas institucionales. A partir de ahí, se despliega una arquitectura que intenta resolver los principales límites que históricamente tuvo este tipo de participación.
Uno de esos límites es la accesibilidad. Durante años, la participación juvenil en espacios internacionales estuvo condicionada por barreras muy concretas: económicas, geográficas, idiomáticas. El documento reconoce esto de manera explícita y propone mecanismos para reducir esas brechas. No alcanza con abrir la puerta si solo pueden entrar unos pocos.
En esa misma línea, aparece el principio de diversidad y representatividad. No se trata simplemente de sumar jóvenes, sino de preguntarse qué jóvenes están siendo convocados y cuáles quedan afuera. Sin ese ejercicio, la participación corre el riesgo de reproducir las mismas desigualdades que pretende transformar.

Otro aspecto central es el de la seguridad y el resguardo. Participar implica exponerse, tomar posición, opinar en espacios muchas veces jerárquicos. Garantizar condiciones seguras no es un detalle técnico: es una condición necesaria para que la participación sea genuina.
Ahora bien, uno de los puntos más interesantes del documento —y probablemente uno de los más exigentes— es el de la cogobernanza. Es decir, la idea de que los jóvenes no solo estén presentes en instancias consultivas, sino que puedan formar parte de los procesos de decisión en distintas etapas: desde la definición de agendas hasta la evaluación de políticas. Este es, quizás, el punto donde la distancia entre el ideal y la realidad se vuelve más evidente.
El documento también aborda algo que suele pasarse por alto: la claridad de roles. Muchas veces, la participación fracasa no por falta de voluntad, sino por falta de definición. ¿Para qué está cada actor? ¿Qué se espera de su participación? Ordenar esto no es burocracia: es condición de efectividad.
A esto se suma la cuestión de los recursos. Participar no es gratis. Implica tiempo, preparación, desplazamiento. Si las instituciones no contemplan estos costos, terminan excluyendo de manera indirecta a quienes no pueden asumirlos.
La formación aparece como otro eje clave. No solo los jóvenes necesitan herramientas para participar mejor, sino que también las instituciones deben aprender a vincularse de otra manera. La participación significativa es, en definitiva, una práctica que se construye.
En términos de proceso, la transparencia y el acceso a la información son fundamentales. No se puede participar en lo que no se entiende. Y finalmente, el principio de feedback viene a responder una de las críticas más recurrentes: la falta de retorno. Durante años, muchos jóvenes participaron de instancias sin saber si sus aportes habían tenido algún impacto. Sin retroalimentación, la participación se vacía de sentido.
El documento cierra con una idea que, a mi entender, es especialmente potente: la colaboración intergeneracional. No se trata de reemplazar actores, sino de repensar cómo se construyen decisiones de manera compartida.
Ahora bien, ¿por qué todo esto importa?
Importa porque aparece en un momento donde el sistema multilateral, y particularmente la ONU, enfrenta niveles crecientes de cuestionamiento. En ese contexto, discutir reforma se vuelve inevitable. Pero esa discusión no puede reducirse únicamente a señalar déficits. También implica reconocer y fortalecer aquellas iniciativas que buscan adaptar el sistema a nuevas realidades.
Estos principios no resuelven por sí solos los problemas de la gobernanza global. Pero sí marcan una dirección. Y, sobre todo, introducen una pregunta incómoda: ¿qué tan dispuestos estamos a redistribuir espacios de poder dentro de las instituciones?
Para las organizaciones de la sociedad civil, este documento no debería leerse como algo externo. Al contrario, funciona como un espejo. Nos obliga a revisar nuestras propias prácticas. A preguntarnos si realmente estamos generando espacios de participación significativa o si, en muchos casos, seguimos operando bajo lógicas más tradicionales.
En el caso de Global Kairos, este tipo de marcos resultan especialmente relevantes. Porque si hay algo que buscamos construir, es precisamente eso: espacios donde los jóvenes no solo participen, sino que desarrollen criterio, voz propia y capacidad de incidir en los debates que los atraviesan.
Al final, después de recorrer estos principios, la discusión se vuelve bastante más clara.
Los jóvenes ya estan partipando y ahora se trata de algo mucho más profundo: ¿qué tipo de participación estamos dispuestos a construir y cuánto estamos dispuestos a cambiar para que eso sea posible?.




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